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 Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)

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Eithne Karenina
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MensajeTema: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Mar 03, 2010 10:39 pm

Seguramente fuese una insensata e irresponsable por aquello que iba a hacer, yendo a gastarse gran parte de lo poco que había conseguido ahorrar. Era un dinero que tenía pensado invertir en salir de su agujero de mierda y dolor, pero precisamente era ese dolor el que nublaba su raciocinio y le impedía pensar a largo plazo... No, ahora solo pensaba en la evasión que obtendría y que, además, fortalecería una coraza que amenazaba con empezar a resquebrajarse.

Llevada por ese impulso, por esa vital necesidad, Eithne llega hasta el Nibelheim. Va ataviada con una falda de cuadros rojos y negros, y un corsé a juego con lazos rojos decorándolo, junto con unas botas de plataforma estilizan la figura que ya de por sí realzan las prendas anteriores. Su cabello rojo, tan vívido como la sangre y el fuego, cae en cascada sobre sus hombros, y el maquillaje negro destaca su mirada de ojos azules dándole un toque felino.

Entra en el local, descendiendo hacia la planta infernal, como si de una metáfora del descenso de su futuro se tratase. Enseguida se hace con lo que viene buscando, y se dirige hacia el baño, de donde vuelve minutos después con la mirada más vidriosa. Se queda en una esquina, relajándose, huyendo de la realidad...

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Última edición por Eithne Karenina el Sáb Abr 24, 2010 12:04 am, editado 1 vez
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Jeremmy Silverfang
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Mar 03, 2010 10:50 pm

Sabía que era un auténtico suicidio no salir en una noche como esa. La luna parecía un queso en lo alto del infinito cielo cubierto por un manto de oscuridad sinceramente intimidante. Sus dedos tamborileaban sobre el volante mientras su pie parecía dispuesto a reventar el pedal del acelerador mientras cruzaba la ciudad a todo gas, haciendo que el asfalto ardiera bajo las ruedas de su coche de quinta mano cuyo aguante era admirable. Había llevado ese viejo Cadillac Eldorado del 57, color celeste, al taller del padre de un amigo y le había dado los pertinentes retoques para que pareciera nuevo. Las ventanillas estaban bajadas para que entrara esa fría brisa de una noche de invierno y, a su vez, saliera su potente música que de milagro no hacía reventar los humildes altavoces de su coche. Entr el dedo índice y corazón de la mano derecha sostenía un cigarrillo encendido que no se decidía a ser consumido dado que Jers estaba ocupada cantando o bebiendo de una petaca que sujetaba con la zurda. Sí, un peligro al volante. ¿Qué digo? Un peligro al volante no. EL peligro al volante. Había perdido ese ápice de responsabilidad tras mandar al diablo a su honorable figura paterna. Y ahora, era libre.

Aparcó tras avanzar a tres coches haciendo lo que en el examen teórico se calíficaba como maniobra negligente por la que te sacarían hasta el carné de padre. Una vez hubo aparcado volvió a la realidad y miró al asiento del copiloto de su coche, desde donde una rubia de pechos como sandías la miraba con una sonrisa pilla. Os presento a Nikki, su último ligue. No estaban saliendo, en realidad la había conocido la noche anterior. Pero más que nada, le apetecía sacarla a pasear, así tenía polvo asegurado por la noche. - vamos - dijo con esa sonrisa tan típica como pasota ya habitual en sus varoniles labios. Salieron del coche y entraron tomados de la mano, bueno, con los dedos meñiques entrelazados. Qué cuco, ¿no os parece?

Las luces eran débiles pero aún así sabía qué iba a buscar esa noche. Movió esos orbes ambarinos por la sala casi vacía y finalmente encontró lo que había venido a buscar. La barra. Miró a Nikki y pensó que había metido la pata traiéndola, pero bueno, eso tenía fácil solución. Se encaró a la rubia pechugona y con una sonrisa dulcemente envenenada le comentó que si podía ir a buscar una cosa al coche. Ella accedió conmovida por esa sonrisa blanca y se largó en menos de lo que canta un gallo. Vía libre. Se acercó a la barra con una media sonrisa perfecta pero relativamente apagada y apoyó el codo en la barra, mirándo las botellitas expuestas tras dicho mueble, de forma socarrona - ¿me pones un cubata? El más fuerte que te dejen, claro. - cIntercambió cuatro palabras justas, apoyando sus nalgas en uno de los taburetes. Esa iba a ser una larga noche.

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Eithne Karenina
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Mar 03, 2010 11:08 pm

Cierra los ojos en su esquina, durante un largo rato. No los abre, ni si quiera cuando percibe un olor a lobo haciendo presencia en el lugar... Simplemente se queda quieta, dejando que la reina blanca tome partido en su mente y aparte de ella todas esas dudas y sentimientos que nunca debieron formarse. Poco a poco lo consigue, olvidándose de esos sucesos que, en las últimas semanas, han amenazado con derrumbar esas barreras bajo las que se esconde con tanto ahincó, olvidándose de las personas que podrían llegar a calarla hondo, y olvidándose también de que todo aquello no la hace sino más miserable.

Cuando finalmente sale de esa abstracción, su garganta reclama ser atendida, para saciar una sed que no es agua ni de sangre, sino de algo que, combinado con la Reina Blanca, logre aumentar y prolongar su evasión hasta el borde del límite, e incluso más allá de este. ¿Qué más da cruzar la linea? No tiene demasiado que perder... ¿No?

Sus pasos, que para muchos pueden resultar provocativos aunque a ella ya le salgan solos, la dirigen hacia la barra, indecisa sobre que tomar... Lo único que quiere es que sea fuerte, cuanto más mejor, y que sacie su sed, aunque para eso vayan a hacer falta muchos más. Se sitúa junto al lobo, aunque no le mira, únicamente sabe que le tiene al lado por él olor, un olor de macho lobuno mezclado con el de perfume femenino. ¿Para qué mirarle? Irá acompañado, seguro, y, además, no ve motivo para hablar con un hermano que, seguramente, querrá evadirse sin ser molestado...


-Ponme un cubata de... -Mira el vaso que le sirven al licántropo, que no al susodicho en sí, y se encoge de hombros- ...de eso mismo -Dice, señalando el largo vaso con la mirada.

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Jeremmy Silverfang
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Mar 03, 2010 11:41 pm

Sus ojos dorados como balas de oro seguían acariciando de forma distraída todas y cada una de las etiquetas de las botellas del fondo. El oculista decía que tenía vista de lince, y supuso que debido o gracias a eso, podía leer la cantidad de grados que coronaba cada uno de esos alargados recibientes acabados en una boquilla que en otras circunstancias habría apresado entre sus fuertes labios para succionar todo su contenido como aquél vampiro que succiona la sangre de sus víctimas, disfrutándo de las vibraciones placenteras que su cerebro recibía al hacer tan atroz acto. Pero no se adueñó de las botellas. Simplemente prestó atención a la mujer que se acercó. Tampoco la miró. Simplemente supo quién era por el olor. La sonrisa se desvaneció con más rapidez de la que se desvanecía el humo que salía por los aparatos modernos del local de ambiente. - Vaya, vaya, vaya... si es la dulce Aphrodite... - Fue lo único que escapó en forma de siseo casi cantarino pero no por ello menos varonil, de entre esos finos labios masculinos que no se decidían a provar ni un solo sorbo del alargado vaso que le habían servido en menos de lo que canta un gallo.

Siguió mirando al frente con el puente de la nariz ligeramente arrugado, señal de desagrado, pero no por ello de desprecio - la eterna dama de la noche... - Una risotada no pudo hacer otra cosa que salir despedida de esa entreabierta apertura por la cual un atrayente aliento fresco, con ligero aroma a mentolado, escapaba y se mezclaba con el olor a sudado, a alcohol y a mujeres del local en cuestión. Decidió u optó por acabar con ese teatralismo con una simple frase impragnada de odio que sentía por su padre y por el alcohol que previamente había ingerido y que, para aquél entonces, ya se había adueñado de sus venas sin adormecerlo en un puro estado de embriaguez, pero tampoco sobrio del todo. Y esa frase fue - la fiel perra de nuestro todopoderoso señor, nuestro amado líder y nuestro deseado y déspota tirano -.

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Eithne Karenina
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Jue Mar 04, 2010 1:01 am

El camarero asiente, preparándole una copa que no tarda en llegar frente sus ojos. Toma el vaso entre las manos, moviéndolo ligeramente, observando el líquido que contiene, como quien contempla un elixir prohibido. Se abstrae, con la sola visión del contenido, una abstracción difícil de entender para otros pero que ella comprende a la perfección...

Hasta que escucha las palabras del licántropo, dándose cuenta de que la ha reconocido... ¿Cómo sabe quién es ella? A ella no le suena su olor, ¿o sí? Le recuerda a alguien, pero no cae en quien. Le es familiar, pero sabe que no le ha visto antes, aunque ni si quiera le haya mirado. Y, aún así, capta la hostilidad de su voz cantarina... Hostilidad que se decide a ignorar.

Da un largo trago, reconfortándose cuando el alcohol abrasa su garganta. Ella encuentra eso cálido, agradable... Una sensación que el cuerpo le pide. Se pasa la lengua por los mullidos labios, sin que el carmín se retire de estos, y aparta con una mano varios mechones ígneos de su rostro, metiéndoselos detrás de la oreja.

Oye su siguiente frase, y también la ignora, volviendo a beber, vaciando así el contenido del vaso. Le hace un gesto al camarero, indicándole que quiere otro, y observa el resto de botellas en la barra, como meditando que tomará después, porque su noche no va a quedarse en dos copas. Hasta que oye lo último que dice, y entonces entiende por qué la conoce.

Ladea el rostro hacia él, levemente, por lo que de nuevo una cortina escarlata cubre su nívea piel. Sus ojos azules le observan unos instantes, fugazmente, antes de volver a girarse y mirar de nuevo al frente:


-Perra soy, no te lo voy a negar... -Responde, con cierta frialdad- Pero no tengo por dueño a ningún líder... -No, su dueño es cambiante, temporal, uno distinto cada noche... Y en realidad, solo poseen su cuerpo, y la fachada que le toque mostrar. Pero su verdadera esencia, aquella que esconde tanto que tal vez empiece a desconocer incluso ella misma, nunca pertenece a nadie- ...Y lo de amado no me suena, lo siento

Con aquello último deja claro que ella no adora ciegamente a nadie, y mucho menos al líder de la manada... Aún le dura el rencor por él y el hecho de que le ocultase que era el Alfa, algo que Eithne considera una forma de reírse de ella... Tampoco le odia, porque a su pesar, algo de él le caló hondo esa noche y pese a enterrarlo, sigue ahí. Además, ¿para que odiar algo que cree merecer? Son muchos los que han sembrado la burla en su ser... Simplemente se siente humillada, y eso le causa un dolor que se camufla con la ira, aunque sean emociones perfectamente enmascaradas bajo una carcasa que hoy muestra fría mordacidad.

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Jeremmy Silverfang
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 17, 2010 12:22 am

Bendito alcohol que ya hacía mella en el joven licántropo de rasgos demasiado parecidos a los de su estúpido padre, su inepta figura paterna, el malnacido que donó sus espermatozoides a la más hermosa mujer sobre la faz de la tierra . ¿Con qué fin? Con el fín de concever a un primogénito al que amargar la existencia con dos solas frase: "Tu madre y yo ya no vamos a seguir juntos nunca más, voy a casarme con Mia y tendré un hijo con ella" y la otra, no menos acertada, "Jamás heredarás la manada, no eres el adecuado para el puesto". Simples. Dolorsas. Cortantes. Punzantes. Amargas. Ácidas. Desgarradoras. Intangibles. Inmateriales... Un auténtico quebradero de cabeza. Eso era lo que durante demasiado tiempo había mantenido esa joven mente ocupada. Problemas y más problemas.

Ella, la hermosa mujer que había decidido acompañarlo en esa perdida noche del infierno, parecía empeñada en hacerle creer que todas sus frases le eran indistintas. Jeremmy estaba hundido, pero como todo buen Silverfang -y aprendiéndolo de su padre- no pensaba dejar que los demás lo notaran. No iba a dejar escapar ni un solo quejumbroso gruñido de resignación. Estaba resignado, claro, mas nadie debía darse cuenta de ello. O sí, pero jamás lo pondría tan fácil. Jamás. - Entonces vas a venderme el cuento de que no eres una simple mujer al servicio de mi pa... Gabriel, ¿verdad? - Dijo mirando el vaso que le devolvía la mirada desde la barra. Estaba medio vacío. Negó con la cabeza, recuperando su habitual seriedad de los últimos meses. - Déjalo, no quiero que respondas. - Finalizó.

Sus ojos teñidos de color sol seguían acariciando ese alargado vaso que contenía un líquido cualquiera. Sacudió de nuevo la cabeza y un mechón de pelo color noche le cubrió un permanentemente fruncido ceño cuyas arrugas ya habían echado raíces en el mismo. Otra oleada de ira le recorrió los músculos y, sin poder evitar un leve tembloreo de rabia mal contenida, alzó el vaso en lo alto y dió un largo trago hasta agotar del todo las existencias de alcohol. La alta música le hacía vibrar el estómago. La garganta le ardía. Los ojos le escocían del humo de los cigarrillos. ¿Qué podía ir peor? Era un jodido cachorro inadaptado, solo e inepto. Una deshonra para los Silverfang. Asqueroso apellido. No echó más cuenta a la mujer, concentrado en no hacer estallar el vaso por culpa de un firme agarrón y un irado sentimiento de impoténcia.

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Eithne Karenina
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 17, 2010 1:11 am

-Absenta -Le dice al camarero finalmente, mirando hacia el frente, con su cabellera roja formando una cortina entre ella y el joven licántropo que tiene al lado. No parece estar escuchándole, más bien parece entretenida en como el camarero prepara su copa y quema el terrón de azúcar, que en lo que pueda decirle aquel cuyo olor le es familiar pese a no saber por qué. Hasta que escucha algo que le hace girar el rostro, lentamente, hacia él, aunque sin quedar cara a cara aún.

¿Su qué...? No ha terminado la frase, pero ha creído que iba a decir... ¿Padre? ¿Será que por eso le es tan familiar su aroma lobuno? No, no puede ser, ¿verdad? ¿O sí? Espera... ¿Desde cuándo a ella le importan esos temas? No, a ella Gabriel le es indiferente y, por tanto, todo lo que gire en torno a este también así que, ¿qué más le dará a ella quién sea el lobo al que tiene delante? Nada, absolutamente nada. Y entonces, ¿por qué parece que se autoconvence?

Sacude sutilmente la cabeza, volviendo a crear esa cortina escarlata que cubre parcialmente su rostro desde la perspectiva visual del chico, apartando así esos pensamientos de su cabeza. Son absurdeces y ella no debe darles vueltas, sino más bien desvincularse de esa manada, de aquel que le tendió una mano falsa y que tambaleó sus barreras por medio de mentiras. Sí, es un mentiroso, y no quiere volver a verle, ni a él ni a nadie que le conozca...


-¿Y por qué debería importarme lo que tú, desconocido sin nombre, quieras? -Inquiere, usando la mordacidad como escudo atacante, como ofensiva defensa, como una fachada sobre la que rebotar cualquier intento de desestabilizarla y revertirlo- El señor Silverfang nunca ha contratado mis servicios, ni yo se los he ofrecido, no tengo ni quiero tener nada que ver con él... Pero fíjate, menos aún contigo, que pareces tres veces más idiota, será por qué eres mucho más crío -Irónico que ella, que tendrá la misma edad o menos, le diga eso, pero de eso se trata ahora mismo, de valerse de ironías para evitar un golpe fuerte en su coraza.

Tras decir aquello, toma la copa en una de sus manos, alzándola levemente hacia él a modo de brindis inexistente y burlesco, antes de llevársela a sus labios, mullidos y rojos, y beber de un solo trago el contenido, cerrando los ojos medio segundo para disfrutar del ardor provocado una vez más. Deposita el recipiente vacío de un golpe seco sobre la barra y vuelve a ladear el rostro hacia el frente, de un solo gesto:


-Otro -Indica al barman, secamente. La música empezaba a molestarle, y la mejor forma de ignorarla, y ya de paso ignorar también a ese hombre lobo, era el alcohol abrasador.

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Jeremmy Silverfang
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 17, 2010 11:51 am

O la música estaba cada vez más alta o el alcohol estaba haciendo de altavoz en su cerebro, que amenazaba en estallar de un momento a otro entre los excesivos decibelios y los pensamientos malintencionados que él mismo se lanzaba a traición como afiladas dagas. Cerró los ojos con fuerza, ocultando bajo sus pesados párpados dos hermosos orbes color riqueza, color oro. Idénticos a los de Gabriel, por supuesto, la duda ofende. Dejó el vaso en la barra cuando ella empezó a hablar, refugiada cobardemente tras una capa de cabello color fuego, color pasión y color amanecer o atardecer. Sus dedos, que yacían inmóviles entornando ese cristal bien pulido que conformaba el recipiente en el que ahogaba sus penas.

Alzó lenta y mecánicamente los párpados a medida que ella iba hablando. La garganta se le secó de un momento a otro y el aire escaseó en sus vacíos pulmones. Esa mujer acababa de joderla hasta lo más hondo del asunto. Había osado hundir más en la miseria a un ser que se despreciaba pero que no controlaba del todo esas oleadas de ira que lo sacudían de un modo incontrolable. Lo acababa de comparar con Gabriel Silverfang, y rebajándolo más de lo que merecía, probablemente. ¿Por qué sus pesadillas lo perseguían hasta en las noches de bares lejos de casa y del resto de la manada? Sacudió la cabeza y su expresión se endureció de forma notoria.

- ¿Perdona?… ¿Cómo has dicho? - Inquirió con voz dura y autoritaria, que no pronosticaba nada bueno. Una sola palabra de todo el discurso logró retener toda su embriagada atención. Crío. Acababa de oír como lo comparaba con su padre, tratándolo de tres veces más crío. Era cierto que no tenía su barba, o sus primeras canas, o esa mirada sabia de la que podía alardear Gabriel. Pero él ya no era un simple cachorro con el que meterse, y menos una simple… ¿prostituta? El caso es que ella no era nadie para hacer ese tipo de juicios de valor hacia su persona, por hundido que pudiera parecer y a pesar de que no hubiera dicho nada que se le antojara nuevo.

Ya era imparable. Ella dio otro trago de la copa, ignorándolo o al menos haciéndolo ver. Jeremmy se ladeó sobre el taburete y se alzó de golpe, logrando que una de las patas tambaleara y acabara toda la estructura metálica chocando contra el suelo, de forma ruidosa. Nadie, aparte de los que estaban a tres metros a la redonda, se percataron de lo ocurrido. En un abrir y cerrar de ojos, la mano derecha del Alfa junior yacía dando un manotazo a la de ella, derramando la copa sobre la barra. Una copa cilíndrica que rodó hasta precipitarse al vacío a cámara lenta y estallar en el pequeño espacio que había entre los dos hermosos cuerpos que ocultaban una naturaleza animal. Estalló. No se hizo silencio, luego la música protagonizó un solo y la gente enloqueció.

Su mano sosteniendo la muñeca de ella en alto, más fuerte de lo requerido. Sus nudillos empalidecieron. Sus ojos clavados en los de la loba, impidiendo que esos mechones rojizos ocultaran dos hermosos ojos azules. Dorado y azul. Oro y mar. ¿Calidez y frío? Dejadme que lo dude. Sencillamente eran opuestos, pero no por ello dejaban de ser complementarios. No medió palabra. Sus dientes yacían serrados con ira, su respiración agitada y la mirada del asustado camarero clavada en los dos jóvenes hijos de la luna. - No… vuelvas… a… decir... eso… - hizo un par de rápidas inhalaciones y posteriores exhalaciones - …nunca más. - Advirtió tratando de contener la ira que, en un abrir y cerrar de ojos se había convertido en un deseo irrefrenable potenciado por esos carnosos labios relucientes por culpa del alcohol.

Trató de no perder los estribos, pero tampoco la soltó. - Y me llamo Jeremmy. - Apostilló finalmente, hablando sin separar los dientes encajados, quedando ciertamente feroz. ¿Qué podía hacer? Había tocado fondo. En su vida había osado alzar la mano a una mujer, por mucho que lo mereciera. Definitivamente, estaba cambiando. Y sí, por si os lo preguntabais, sí, se daba pena a sí mismo. ¿Qué maduro por su parte, no? Tal vez sí fuera solo un cachorro. Pero solo tal vez.

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Eithne Karenina
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 17, 2010 8:21 pm

Al principio, Eithne parece ignorar al otro lobo, como si no se percatase de las reacciones que sus palabras han causado en él. Sí, parece más centrada en impacientarse porque le sirvan pronto, más que en él. Toma, cuando por fin llega el absenta, la copa entre sus manos, pero sin llegar a beber, cuando escucha la pregunta de él, mirándole de reojo y encogiéndose de hombros, indiferente:

-He dicho que no me importa lo que quieras, que no tengo relación de ningún tipo con el mentiroso de Gabriel, y que menos aún la tendría contigo, que encima de tener un ego de su mismo tamaño o más, eres más inmaduro, cachorro. -O el alcohol le daba ovarios, o había perdido la cabeza, dado que dudaba ganarle en edad a él.- Aunque veo que además de todo eso, eres sordo, ¿no? -Aparta la mirada, fijándola en su vaso, dispuesta a ventilárselo de un solo trago...

...Algo que no llega a hacer porque, en un visto y no visto, el ruido estrepitoso de una silla al derribarse y un vaso cayendo llaman su atención, aunque no por ello logra evitar que su muñeca izquierda quede atrapada por la mano derecha del licántropo. Queda prácticamente cara a él, teniendo que bajar sí o sí del taburete por el impulso. Y, sin embargo, su níveo rostro permanece inmutable, sin mostrar expresión alguna, mientras le sostiene la mirada con sus vacíos ojos azules, fijos en los de él. Es entonces cuando se da cuenta, ese color lo ha visto antes, ahora entiende por qué el aroma le es similar... O cree entenderlo, ya que las cosas parecen cuadrarle un poco, aunque no diga nada al respecto.

Con la mano derecha sigue sosteniendo su copa, dándose cuenta de que su contenido se ha derramado sobre la barra por la fuerza del agarre, momento en el que la deposita sin mucha delicadeza, logrando que se rompa en varios pedazos de cristal que, por suerte, no saltan para cortar a nadie. Ni le importa, solo deja caer esa mano a un lado de su cuerpo, cerrando en un puño la otra que tiene aprisionada, sin cesar en su tarea de aguantarle la mirada.

Al escucharle hablar da un par de pasos hacia él, sin intentar librarse del aprisionamiento, y alzando el rostro para quedar más a su altura, debido a que aún llevando ella botas, él es más alto. Acerca, por tanto, su semblante al del joven lobo, sin amedrentarse ante la ira que parecía este parecía destilar en su expresión. Su pecho, resaltado por el escotado corsé, sube y baja levemente, denotando cierta agitación en pulso y respiración, pero no tanta como debería mostrar en una situación así, puesto que su rostro sigue sin reflejar expresión alguna conforme sigue con los irises fijos en los contrarios.


-¿Y si lo vuelvo a decir, qué? -Inquiere, conteniendo cualquier muestra de dolor ante la fuerza que imprimen sus dedos al agarre que hace en su muñeca izquierda. - ¿Me vas a pegar o algo así? -Pregunta, con la voz teñida de indiferencia, pues esa era la fachada que le tocaba mostrar ahora, mezclada con las pinceladas de ironía que salpicaban su coraza- Adelante, hazlo. No serías el primero ni el último. -Peores cosas le han hecho, como para echarse a llorar de miedo por ello.- Eso no va a hacer que me calle, a menos que desee hacerlo -Por qué, ¿para qué mostrar sumisión cuando no le pagan por ella? Para nada, no es esa la máscara que debe llevar ahora, eso no había ni que dudarlo.

Se pasa la lengua por los labios, humedeciéndolos. Un gesto incosnciente, una de esas manías que por algún motivo desconocido para el que las tiene están ahí y se manifiestan en cualquier momento. El carmín que resalta el ya de por sí color rojizo de estos no parece borrarse, al menos no demasiado, y ella sigue, por lo demás, mirando fijamente a su adversario, con el rostro cerca del suyo, casi pudiendo sentir su respiración agitada golpearla en la cara, y viceversa.


-Jeremmy... Mmm... Sí, un placer conocerte, sin lugar a dudas -Responde, sarcástica, porque la situación desde luego no es para andarse con modales- ¿Me devuelves mi mano, por favor?

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Lun Abr 19, 2010 12:26 am

Jeremmy respiraba agitadamente mientras su brazo seguía alzado y sus largos dedos yacían enredados en la muñeca de ella, ejerciendo excesiva presión. Esos dedos, delgados y llenos de pequeñas heridas y cortes, se cernían en torno a su minúscula muñeca desnuda como soga en cuello de pirata. De nuevo tensó las mandíbulas cuando sus miradas se cruzaron. Sus ojos ambarinos traspasaron los azules de ella, teñidos de color infinito. La mujer no parecía temer la ira que denotaba su expresión teñida de una rabia acentuada por dos marcadas ojeras oscuras que, casualmente, no le sentaban tan mal como esperaba.

Ella no pareció quererse librar del agarrón, de hecho no intentó zafarse siquiera, simplemente cerró el puño cual señal de valentía y se acercó de forma valerosa o tal vez ingenua. Quedaron demasiado cerca el uno del otro, y además, ella alzó el rostro para que sus ajetreados alientos envenenados se mezclaran en una vorágine enloquecedora acompañada por el vaivén de su masculino torso tonificado y bien marcado bajo una camisa negra que lo hacía parecer aún más serio de lo que podía ser. Le aguantó la mirada todo lo que hizo falta hasta que sintió que su cercanía forzaba sus cuerpos a rozarse levemente.

Su respiración se movía a la par que la de ella y, debido a su cercanía, Jeremmy solo precisó bajar un segundo la mirada para encontrarse unos redondos senos, enfundados en un escotado corsé, que se movían de forma pendular en dirección a su torso. Su expresión se endureció más. Sus ojos dorados destellaban dolor, ira, furia, rabia, desesperación, impotencia y un sinfín de cosas más. Mientras, la música le fusilaba los oídos mientras sus pálidos cuerpos adoptaban tonalidades ahora rojizas, ahora anaranjadas, ahora amarillas, ahora blancas, ahora azules, ahora verdes. Siempre acorde con los potentes focos del local. La gente saltaba enloquecida por lo que el DJ pinchaba no demasiado lejos de los dos violentos protagonistas.


- ¿Pegarte? - Gruñó con las mandíbulas encajadas como solía hacer para amenazar en forma lobuna. ¿Acaso creía que iba a pegarla? Ciertamente estaba descontrolado, pero aún creía no haber caído en la locura... ¿o sí? - No, no soy tan rastrero... no mereces ni el placer que provocarían en ti mis puños, zorra. - Volvió a ascender la mirada por ese cuello de cisne en el que se moría por rozar sus blancos dientes de modo incitante. ¿Quién era esa mujer que despertaba en su persona los más oscuros pensamientos y potenciaba sus más primarias necesidades? Y no solo eso, a cada palabra de ella se le encogía el pecho, del mismo modo en que lo hacía cuando su padre lo trataba de inepto para el cargo.

Parpadeó tratando de ocultar la confusión que sentía. Llegó a esos carnosos labios justo mientras ella efectuava un gesto que el jóven tardaría en poder borrar de sus más íntimos sueños. Se relamió los labios y por un momento logró que Jeremmy la imaginara relamiéndoselos por él. ¿Qué le estaba pasando? Una vez más, desconcierto. Solo eso. Desconcierto. Total y completo. Imágenes de esos labios manchados por sangre cálida de presas... demasiado tentador. Pero Eithne no dudó en romper los eróticos y fantasiosos sueños de Jeremmy al murmurar de forma sarcástica que si le devolvía la mano. Jers gruñó enseñando más los dientes y se rindió.

¿La soltó? No, más quisiera ella. Todo lo contrario, dió un fuerte tirón que logró apegar sus cuerpos ante la cohibida mirada del barman que se decantó por atender a unos chicos que, ya ebrios, reclamaban su atención metros más allá. Jeremmy agachó el rostro, logrando que su corta barba le acariciars su ancho cuello masculino. Seguía serio, más serio que nunca, pero parecía controlar sus instintos depredadores, o al menos los que se referían a la ira que lo empujaba a partirle el cuello allí mismo. Pero no hizo eso, fue más o menos inteligente e invirtió esa furia en clavar sus labios en los de ella, aprovechándo que aún estaban relucientes de haber sido acariciados por una viperina lengua pérfida.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Lun Abr 19, 2010 1:32 pm

Los segundos, en forma de canciones entremezcladas de forma estridente y demasiado sonora, pasan. Y, bajo al parpadeo de las luces, sus cuerpos siguen igual de cerca, uno amenazando, atacándola, la otra resistiendo a la amenaza ofensiva con ataques defensivos. Podría decirse que eran contrarios, también demasiado iguales, y fueran lo que fueran, el caso es que ahora estaban a pocos centímetros, en una voragine de alientos entrechocando y respiraciones agitadas.

La presión en su muñeca duele, mucho. Pero Eithne no se queja, nunca lo hace ante el dolor... ¿Para qué? La educaron para aceptarlo, para recibirlo, para verse merecedora del mismo. Un apretón no es nada, es casi considerado, en comparación con cualquier otro tipo de gesto violento, y al fin y al cabo, para eso vale ella, ¿no?

Son pensamientos que no refleja, cuando, para evitar mostrar el dolor en su semblante, aprieta más su puño, casi clavándose las uñas, cortas dada su tendencia a morderselas, en la palma de la mano atrapada. Respira hondo, agitando su pecho aún más, y logrando que un par de mechones del color de la sangre, le caigan por encima de su rostro porcelanoso, que logra mantener relajado.

No le pasa desapercibido el repaso que le da repentinamente a su escote o, mejor dicho, a lo que se intuye tras este. Pero no dice nada, no baja la mirada para hacer lo mismo, la mantiene fija en su rostro amedentrador, en sus ojos iracundos, y trata de ocultar cualquier expresión en los suyos propios, azules y acentuados por el maquillaje negro. Ella no va a mirarle, por mucho que sepa que la visión sería tentadora... No, no debe, para ella desear algo está prohibido, y además, por mucho que el alcohol que corre por sus venas le incite a ello, tampoco quiere desear. Desear, en ella y su situación, implicaría sufrir, y más si el objeto de deseo fuese alguien como quien tiene delante... No, ni hablar, demasiada hostilidad, demasiada tiña, como para dar lugar a ello. ¿Y si es cierto, por qué parece que se autoconvence?


-¿De verás crees que alguien como tú podría darme algún tipo de placer? -Una vez más, recurre a esa fachada mordaz, a ese veneno que realmente no es suyo , para escondido cualquier emoción, reprimiendo lo humillada que se siente ante cada palabra de él, las cuales golpean su interior ocultado- No me hagas reír, ¿quieres?

Su puslo se acelera levemente. Nerviosismo, desesperación, frustración... Comenzaba a dolerle la mano, aunque no tanto como le dolía el alma. Sí, era eso, ¿qué si no? Un gruñido sale de los labios de él, y ella sencillamente sigue observándole con sus irises claros. Y entonces... Se le escapa un gemido, interpretable de muchas formas, cuando sus dos cuerpos se pegan por el violento tirón.

Se ve obligada a alzar el rostro, incluso a poneerse de puntillas sobre esas botas de tacón que aún así no ocultaban que realmente era demasiado peequeña. Sí, pequeña, minúscula, nimia... Demasiado diminuta, así se siente repentinamente Eithne, cuando Jeremmy agacha su cara hacia ella, que no desvía la mirada. Y los labios ajenos se clavan en los propios, como un golpe invasor que practicamente la desestabiliza... Las putas no besan, esa es una norma que se aprendió muy bien desde niña, y en cambio, ahora, podría decirse que la estaba incumpliendo, algo que pocas veces había hecho, aunque aquelo no fuese un beso exactamente.

Durante unos instantes permanece estática, con la respiración subitamente contenida, e inmóvil. Hasta que la inercia reacciona... Y entonces, justo cuando suelta todo el aire contenido por la boca, entreabre sus rojizos labios atrapando el inferior de los de Jeremmy entre los suyos.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Abr 21, 2010 7:26 pm

Jeremmy seguía sintiendo el latido de la ira cruzándole de forma espasmosa el pecho y los músculos de las extremidades. Dejó caer los párpados o, mejor dicho, los bajó con fuerza y sin miramientos con tal de poder acentuar esa sensación que tanto había anhelado. Los rojizos labios de Eithne se clavaban en los varoniles labios prietos de Jeremmy. Podría compararse la acción a un salvaje pulso en el que el varón alfa tenía todas las de ganar, ya que cada vez ejercía algo más de presión y lograba hacer retroceder el rostro de una de las mujeres más hermosas sobre la faz de la tierra, Eithne Karenina. Había esperado escasos minutos en darse cuenta de que aquello que había contemplado con indiferencia se convertía en uno de sus más anhelados vicios.

No era la primera vez que la veía ya que últimamente se pasaba días y noches vagabundeando con tal de alejarse de su família, en un banal intento de olvidar su desdichada identidad y convertirse en un simple trobador moderno que encantaba mujeres cual serpiente con hermosa melodía de flauta. Siempre había sentido cierta curiosidad por una mujer que, teniendo dos dedos de cerebro, osaba malgastar su tiempo ejerciendo de mujer de mala vida. Algo oculto en un recóndito rincón de Jeremmy se aferraba a la idea de que ella podía llegar a ser mucho más, tal vez por ese detalle se atreviera a tratarla de ese modo despectivo, por que desde su punto de vista, un ser como Eith no merecía su respeto.

Desde pequeño lo habían educado acorde con su condición de Alfa, y tal vez eso fuera lo que le forzara a comportarse de modo tan arrogante con cierte tipo de gente. Aún así, eso no impedía que hiciera lo que estaba haciendo. Anhelando dos labios color sangre, color ira, color pasión, color amanecer y color dolor. Una fina capa de carmín que ahora se adhería a sus finos labios con cierto aroma a alcohol y nicotina. Hasta el momento sus labios habían permanecido unidos en un simple pico con una inocencia desgastada por la ansiedad que en ambos empezaba a crecer y crecer, hinchándose cual esponja al entrar en contacto con líquido. El lobo no efectuó movimiento alguno mientras su puño permanecía agarrando esa pálida muñeca desvalida por el momento.

Precisamente la dueña de la misma fue la que acabó por romper con el hechizo y movió reptilmente unos serpenteantes y viperinos labios hasta entrecerrarlos alrededor del inferior de él; Algo, sin duda alguna, extremadamente sensual a ojos del moreno de ojos dorados y mirada autoritoriamente misteriosa. De fondo una canción empezó a hacer enloquecer las hormonas de los jóvenes. Poison, de Alice Cooper. Detalle importante que pasó desapercibido ante la concentración que Jeremmy gastaba en mover sus labios firmemente pegados a los de la chica. La mano libre acabó aterrizando en la nuca de la misma mujer de curvas fateles y la forzó a apegar más su boca a la del hombre, a la vez que el Alfa junior abría los labios para dejar que su húmeda lengua experta raptara por los labios de ella, dejándolos relucientes e invitándola a dejarse explorar por alguien cuyo apellido compartía con otro varón de idénticos gustos sexules, al parecer...

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Abr 21, 2010 8:08 pm

La canción que comienza a sonar, aunque seguramente más adelante la tenga presente, en aquel momento no es sino un detalle más del escenario, una parte del atrezzo, de la que ahora Eithne no está pendiente. No, toda su atención se ha visto acaparada por aquella presencia intimidadora que, tras humillarla con sus palabras como otros muchos han hecho, tras intentar herirla y, aunque ella haya mostrado lo contrario, conseguirlo, ahora le atrae como la miel a las abejas.

Como si hubiese activado un resorte al establecer contacto entre sus labios, la joven de cabellos de fuego comienza a seguir el ritmo de los movimientos de los labios de Jeremmy. Es capaz de sentir todas y cada una de las venas de su cuerpo, por las cuales el veneno del hada verde circula como un torrente instigador, palpitándole, ante un pulso que se acelera, ante una su respiración se agita... Y de ese modo se ve obligada a ahogar un jadeo en la boca del joven lobo.

Nota entonces la presencia de una lengua capaz de dedicarle los comentarios más crueles, acariciando ahora la entrada a su boca, en lo que una mano se posa en su nuca empujándola a seguirle del todo, a corresponder a aquel que minutos antes había golpeado dentro de ella. Y ella... ¿Le aparta? ¿Le rechaza? No, ¿por qué iba a hacerlo? Al fin y al cabo sus palabras se las merece, dicen la verdad, o eso le han hecho creer siempre... ¿Quién es ella para negar nada bajo ese pretexto? Y quizá por eso toda la anterior osadía verbal que fue capaz de mostrarle segundos antes queda contrastada cuando, dócilmente, ella entreabre aún más sus labios y busca con su lengua la de él, incitándole a que prosiga de una forma casi sumisa.

Ahora mismo recuerda demasiado a la mariposa que guía su vuelo hasta la tela de araña, posándose en esta aún sabiendo que quedará atrapada en una red tortuosa, entre las venenosas patas de la tejedora... Una mariposa de apenas 1,62 de altura, centímetros arriba por el tacón que equilibra sus piernas, cuya curvilínea figura se pega un poco más la de Jeremmy, en lo que lleva la mano que no tiene atrapada al cuello de él, delineando su yugular con la punta de los dedos.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Abr 21, 2010 9:08 pm

Eithne no tenía ni la más jodida idea de lo que estaba sucediendo. La mujer que tanto tiempo había ejercido como prostituta estaba cometiendo el peor de sus delitos, uno por el cual pagaría un precio muy alto dado que es el peor que una mujer puede protagonizar. Se había adueñado sin poder evitarlo de un supuesto marmóreo corazón. Un músculo que todos creían contaminado por la sed de la más insaciable venganza, ira e odio. El corazón de Jeremmy. El motor de un ser aparentemente despreciable y sin sentimientos positivos. ¿Dónde acabaría aquello que empezó como una simple y tediosa pelea verbal?

Sus labios encajaban repetidas veces mientras Jeremmy notaba esos perfectos senos, redondos y atrapados bajo un estrecho corsé, apretarse contra sus hinchados pectorales. Era realmente complaciente el saber que alguien correspondía los desinhibidos movimientos de su boca. Sus labios se rozaban como si trataran de sacarse brillo el uno al otro, en una cruel batalla por no perder el control y por manejar a placer las emociones del otro. Su mano se debatió entre soltar o no la muñeca que firmemente agarraba, mas no lo hizo. Mentiría si dijera que no le gustaba sentirla tan indefensa.

Indefensa era poco en comparación con el nivel de obediencia o resignación que adoptó la pelirroja cuando entreabrió unos deliciosos labios tras ahogar un gemido en el interior de su apertura bucal. Sus lenguas salieron a encontrarse como Romeo y Julieta hicieron en su día, pero la lengua de Jeremmy forzó de modo despótico a volver a entrar en su guarida a la de ella, enredándola alrededor de la misma para mezclar sus esencias y hacerla estremecer en uno de sus complejos besos inolvidables. ¿Quién dijo que la experiéncia no hacía al maestro?

Separó un poco los labios de los de la mujer de ojos azules -sin permitir que sus cuerpos se separaran ni un milímetro- y siseó mientras su lengua frotaba intermitentemente su labio superior de ella, haciendo que la mujer buscara de forma autómata ese contacto húmedo de nuevo, sin llegar a poder alcanzarlo ya que cada vez que la lengua de Eithne se acercaba, la de Jeremmy se ocultaba en su propia guarida negra como la noche. Le gustaba jugar con la comida, como a todo buen lobo. - Dime que quieres yacer conmigo... - Siseó llevando sus labios húmedos a su oído para hacer que su viperina lengua resiguiera el perfil de la misma, dejando un invisible rastro de excitación. Quería oirselo decir, necesitaba oir esas palabras saliendo de entre dos labios hinchados por un frenético beso.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Miér Abr 21, 2010 9:47 pm

No, realmente Eithne no tenía ni idea de lo que en verdad pasaba. Sencillamente creía, sentía, veía, como una vez más se transformaba en una muñeca a manos de alguien que quería satisfacer sus más bajos instintos. En una esclava de los deseos ajenos, de las perversiones más oscuras de cualquier hombre que lo quisiera. En lo que siempre había sido y era, porque desde niña, desde cachorra, se habían esforzado en hacerle creer a latigazos que era para lo único que servía, como demostraba el número que iba grabado a hierro candente en su nuca. Una nuca que ahora estaba atrapada en una de las manos de Jeremmy, igual que su muñeca, quien, quizás, podía haber notado esa cicatriz en forma de cifra, o tal vez no... Tampoco le importaba.

Sus cuerpos permanecen pegados, y las descontroladas respiraciones en conjunto con un pulso de ritmo rápido, hacen que ambos torsos se empujen levemente, en lo que tiene lugar el primer encuentro de lenguas desconocidas que toman contacto entre sí. La suya propia se ve empujada por la contraria de nuevo al interior de su boca, y parece obedecer la orden y no volver a salir al exterior, entrelazándose con la de Jeremmy al son que este marca. Sus labios continúan siguiendo a los de él, mientras siente dentro de estos una invasión que parece ejecutada con el propósito de hacerla estremecer. Y, por extraño que resulte, ella se estremece, lo hace ligeramente, pero sigue siendo evidente que lo ha hecho para alguien al que tiene pegado el cuerpo... Y es que, aunque parezca inmune a muchas de las artimañas físicas de los hombres, los besos no son frecuentes en su vida.

Él, de forma tortuosa, se separa unos centímetros, dispuesto a hacerla sufrir con esa enloqucedora y húmeda caricia a sus labios, que su lengua intenta seguir una y otra vez en vano. Juega con ella, en efecto, acorralándola, atrayéndola a la trampa... No es la primera vez que es juguete de nadie, pero sí es cierto que juegos como aquel no son los que ella protagoniza nunca. Abre los ojos, con la respiración ciertamente entrecortada, mirándole unos instantes antes de volverlos a cerrar cuando nota sus labios cerca de su oído.

Y, sin embargo, se mantiene en silencio, sin obedecer a aquella petición hablada, aunque lo haya hecho a otras mudas por medio de su cuerpo. Acaricia entonces con cuatro de sus dedos el lateral del cuello de él, llevando el pulgar hasta su nuez, delineando esta y el hueco que se encuentra debajo, presionando levemente unos instantes. Instantes tras los cuales ladea el rostro, para alcanzar con este la zona que hace un momento recorría con sus dedos, derramando su aliento sobre la piel acariciada, sin llegar a posar sus labios, solamente acercándose a su oído:


-...No... -Susurra, dando un suave empujón y pegando sus curvas caderas a las de él, de forma sutil, al tiempo que pronuncia esa única palabra.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Vie Abr 23, 2010 11:22 am

Los cuatro dedos de ella -todos en excepción de un pulgar que presionó ligeramente su nuez- rozaron de forma lenta el lateral de su cuello. Jeremmy juraría que esa hermosa mujer, que con cada uno de sus movimientos le iba volviendo loco, pudo sentir la vena de su cuello hincharse ligeramente hasta que los latidos de un agitado corazón se pudieran percebir a través de la misma. Si la respiración de la mujer estaba agitada, ahora la suya lo estaba a la par. Esa simple carícia, añadiéndole al pular, le recordaba a la posición de una mano que intenta cernirse alrededor de su ancho cuello para ahogarlo, pero sin ejercer presión alguna.

Sintió otro estremecimiento de ella cuando su lengua seguía acariciando y humedeciendo el cartílago de la misma, lenta y harmónicamente con la música de fondo, letra de la cual ahora entendía en su más humillente perfección. Frunció el ceño y atrapó entre sus blancos y biencuidados dientes la parte superior de la oreja de ella, para presionar ligeramente y usar la punta de la lengua para masajear la zona atrapada a la vez que dos perfectos labios reemplazaban esa carícia en su varonil y ancho cuello. ¿Una palabra? Delicioso. ¿Dos palabtas? Jodidamente perfecto. ¿Tres palabras? La quería suya. Y ya.

Cerró los ojos con fuerza y aguardó con relativa paciencia una respuesta afirmativa, pero no la recibió. Todo lo contrario. "... No ..." Si lo que quería era desconcertar al joven Alfa, lo acababa de hacer al negarse su más ansiada petición a la vez que sus caderas encajaban aún vestidas por esas, peculiares pero a la vez tediosas, indumentarias. Pudo sentir como la falda de ella se acoplaba a sus pantalones y se separó de esa oreja para buscar con necesidad esos dos ojos increiblemente azules y fríos. Ahora ya no parecían tan fríos. ¿Habría logrado él, un humilde hijo de líder, arrebatarle la cordura y hacerla entrar en calor?

Esperó que la respuesta no fuera del mismo calibre u orientación que la primera. En ningún momento soltó una muñeca cuya piel ya empezaba a adoptar tonos rojizos debido al roce que la palma de su mano, llena de cortes insignificantes pero salvajes, provocaba en esa muñeca. Electrizante roce, por cierto. Su rostro trazó un camino en dirección al cuello de ella y de nuevo dejó hacer a su experta lengua. Dicho músculo húmedo y alargado se paseó por ese cuello, trazando amorfas figuras que conformaban banales invitaciones a yacer con él. ¿Lograría convencerla? No estaba seguro, mas la esperanza era lo único que podía perder, dado que el equlibrio mental y emocional ya lo daba por perdido.

Mil polillas batieron sus alitas asquerosas en su estómago, haciendo un amago de lo que un día sospechó entender que era el amor. Amor. Sin duda tenía la absurda sensación de que ese sentimiento le quedaba tan o más grande que su apellido. ¿Por qué debería ser afortunado y haberlo encontrado esa noche, bajo los primeros efectos de un poco de alcohol y una música desorbitadamente alta? ... ¿Y por qué no? Se estremeció al moverse y darse cuenta de que sus caderas seguían pegadas, al igual que sus torsos. Magnífico ejemplar de loba, sin duda. Por un momento creyó ver en ella algo más que una simple mujer, pero no se lo cuestionó más.

Usó los dientes para morder suavemente el mentón de la preciosa Eithne y obligarla a alzar el rostro para poder voltear sus cuerpos y, apegando prácticamente por completo sus labios húmedos a los de ella, susurrar un simple - ¿Osas negar que me ves como algo alejado de un patrón de cliente? No soy un cliente... solo un lobo. - Al hablar, sus labios se movían hipnóticamente, rozando los de ella y entreabriéndolos para poder rozar con su aliento el interior de la boca de ella, ansioso por jugar a ser adulto con ella. Sus mano libre ya no estaba en su nuca, sinó en su oreja, acariciándola de forma sensual pero sin parecer nada forzado, al contrario, creiblemente casual.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Vie Abr 23, 2010 6:01 pm

Mientras su respiración se derrama, junto con un efímero roce de labios, en el cuello que antes atrapaba con sus cálidos dedos, Eithne no puede evitar dejar escapar un gemido cuando Jeremmy atrapa su oído. Un oído que ahora capta a la perfección el mensaje de una canción que, probablemente, nunca olvidará, al igual que a él tampoco podrá sacarle de su memoria después de esto, para bien o para mal.

Estira su blanco cuello cuando nota el recorrido de la lengua del joven lobo por la piel de aquella zona, sintiendo como esta se pone de gallina, como su cuerpo la traiciona aceptando silenciosamente una invitación que su mente y su marchito corazón le dicen que rechace si no quiere salir mal parada. Pero hay momentos en la vida en los que una persona cree haber llegado a su límite de sufrimiento, y Eithne está en ese momento, las humillaciones duelen pero, ¿y? Se las merece así que, ¿por qué no yacer al lado de aquel que golpea con palabras de desprecio su torturado interior?

Le odia, le desprecia, y, sin embargo, le desea, de forma irrefrenable y fatal. Quiere ser suya, quiere que la posea y que utilice su cuerpo a su antojo. Y por eso mismo se da asco a si misma, ¿cómo puede sentirse tan irremediablemente atraída por alguien a quien odia, por alguien que instantes antes la ha herido? ¿Es acaso masoquismo? Sea lo que sea, no puede evitarlo, sus hormonas traicionan a una razón que casi siempre ha sabido llevar la voz cantante y ahora se ve silenciada de golpe. "Shhh... Calla, cerebro, hoy mandamos nosotras", parecen decir, como sanguijuelas que se asientan en su cabeza, en su pecho, y alrededor de todo su cuerpo, mordiendo los puntos concretos para lograr que deje de pensar.

Una vorágine se sucede en su interior, como dos torbellinos entrecruzados formando uno solo mucho mayor, es la mezcla del dolor con tintes de desprecio y el deseo y atracción que enturbian sus sentidos, formando un torrente que, bueno o malo, el caso es que es imparable y la arrastra, la arrastra hacia aquel que tiene delante, aunque queme, aunque duela, porque es calor al fin y al cabo, es sentir algo, por una vez... Quizá si supiera las repercusiones de aquello, saldría corriendo en ese mismo instante, de no ser porque la tiene firmemente agarrada, pero igualmente no es consciente. Únicamente piensa que quiere jugar con ella, usarla, someterla... Y lo permite, reprochándose a si misma que, además, parezca ir a disfrutar con ello como pocas veces le sucede. Maldito autocontrol, ¿por qué se ha tomado la noche libre justo hoy, joder?


-No... -Responde a su pregunta, alzando el rostro al recibir el mordisco de unos dientes ponzoñosos en su mentón-...solo digo que le quita mérito que te lo diga habiéndomelo pedido, ¿no crees? -Susurra, dándose cuenta de que acaba de perder la cabeza si ha sido capaz de decir aquellas palabras. Sí, completamente loca, demente... Algo normal, después de tantos años viendo turbada su cabeza hasta el punto de evadirse de la realidad con una facilidad extrema.

Como si quisiera contagiarle de esa locura en aquel instante reconocida, junto con esas palabras, la joven pelirroja comienza a mover lenta y de forma imperceptible sus caderas, las mismas que instantes antes ha pegado a él. Es un roce demasiado sutil como para que cualquiera pueda percatarse con la mirada, pero Jeremmy no tiene que sentir ese movimiento con los ojos precisamente. Apoya de nuevo la mano en el cuello de él, deslizándola hasta el comienzo de su torso, bordeando el límite de la camiseta con la yema de los dedos, mirándole mientras tanto fijamente a los ojos... Y justo en ese instante, tras otro estremecimiento traicionero, retoma la "conversación", si es que así se le puede llamar:


-¿No has pensado que igual lo único que quiero es que me sueltes? -Pregunta, en un tentador tono de enigma y misterio, de incógnita e incertidumbre, dejando claro que solo puede comprobar si aquella pregunta tiene una respuesta afirmativa o negativa arriesgándose a liberarla...

...Y entonces quizás, solo quizás, escuchará de sus labios aquellas palabras que tanto parece querer oír, porque, le guste o no, realmente quiere decirlo.


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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Vie Abr 23, 2010 9:14 pm

Si éste fuera mi último día... Esa estúpida frase cruzaba su mente minuto sí, minuto también, tratando de encontrar una estúpida razón con la que excusar su estúpido comportamiento. ¿Qué esperaba sacar de esa valerosa hazaña? ¿Un rollo de una noche? Eres un mierdas, Jers... un mierdas. Se repitió mirándola fijamente. Ella tenía ese par de ojos azules de ese jodido color intenso que tanto le recordaban a los de su madre. Una madre a la que iba a abandonar en breves, si no es que se podía considerar que ya lo había hecho. De nuevo, si ese fuera su último día... ¿estaría contento de hacer lo que estaba haciendo? Seducir a una mujer de esa manera, haciendo uso de sus macabros encantos Silverfang no parecía una acción extremadamente noble como para ser la última de una corta existencia. Probablemente no, pero la nobleza no tenía cabida ya en su mundo.

Ese hermoso mar era reflejado a través de los preciosos ojos de Eithne. Miró una vez más su estilada figura casi juvenil y pensó que realmente era digna de ser deseada, pero no del modo en que probablemente la deseaban aquellos que ansiaban desnudar a la par a la pelirroja y a su propia cartera. Sucias ratas. Escória de la sociedad. Inadaptados y desequilibrados mentales todos ellos. Todos esos pensamientos teñidos de dorado por su firme mirada, clavada de nuevo en esos labios, lograron que su expresión se volviera aún más seria, pudiendo hacer que la mujer pensara que se cabreaba con ella. Cosa que, por cierto, dudaba poder llegar a hacer de verdad alguna vez.

Fuera como fuere, las caderas de Eithne se movieron. Jeremmy no se lo esperaba, por lo que abrió más de lo normal esos ojos saltones gracias a dos marcadas ojeras oscuras a causa de una vida más bien nocturna. No se movió, al contrario, acercó un poco más la cadera, notando como la falda de ella se alzaba un poco al masajearse suavemente contra sus pantalones de tela tejana. Buscó sus ojos, tratando de escudriñar qué diablos pasaba por la mente de esa explosiva figura. No logró leerlos y sí, efectivamente, se desesperó. Tal vez fue por esa mirada confusa -pero no por ello de desagrado- que la mujer de ojos azules y corsé apretado le habló.

Sus palabras no fueron las esperadas, como tampoco lo fue el sentir de nuevo su mano deslizarse por su cuello hasta el inicio de su torso, donde la camiseta negra ya no llegaba a cubrir una pálida piel matratada por la luz de la luna y las ramas de un constantemente enfurecido bosque. Todo estaba saliendo según lo planeado, en la medida de lo posible. No le soltó la muñeca a pesar de que ella se lo pidiera entre roce y roce de sus caderas. De forma inevitable, algo en el interior de su ropa interior empezó a despertar. Jeremmy tensó las mandíbulas pero no se reprimió una sola sonrisa torcida que dejaba entrever unos blancos dientes perfectos y algo afilados, como colmillos lobunos.

- ¿Crees que si te suelto la cosa va a mantener el mismo morbo, Aphrodite? - Siseó acercándose a sus labios carnosos y algo desteñidos por el sécuito de besos correspondidos que se habían robado el uno al otro. Su maldito orgullo volvía a hacerlo portarse de ese modo, cosa que solo logró acentuar la sensualidad en sus gestos. Su mirada se intensificó y se clavó de forma firme en la de ella. El dorado de sus ojos se reflejó en el azul de los de ella. Chispas. Muchas chispas. La cadera de Jeremmy marcó un último estribillo de la canción y alargó el roce lo máximo antes de separarse y avanzar entre el gentío, arrastrándola con él a base de tirones de muñeca.

Llegaron a una gran puerta custodiada por un segurata. Jeremmy se acercó y probablemente Eith pensó que el intento de llevársela de allí a la fuerza sería bano cuando el de traje y pinganillo viera que ella iba agarrada de ese modo, sospechando. Pero eso no ocurrió. - Buenas noches, Steph. Asegúrate de que nadie nos moleste - Dijo hablando con varonilidad desbordante. Todo él desprendía un maldito halo de sensualidad y, en palabras vulgares, morbo. El armario les abrió la puerta y Jeremmy entró con una soprendida Eith detrás, taconeando de forma confusa. La sala estaba casi a oscuras. Insonorizada probablemente.

Sí. Al cerrarse la puerta tras ellos se pudo comprobar que la música del otro lado de la puerta apenas se oía. No había humo de cigarrillos ni miradas indiscretas. Jeremmy hizo un amago de adentrarse más en la sala pero hizo una finta y apretó a Eith contra la puerta ya cerrada, manteniéndole la muñeca en alto, por encima de esa perfecta melena color pasión. Sus miradas furiosas se cruzaron y Jeremmy hizo lo pertinente. La soltó. Dejó caer el brazo a la vez que su cuerpo seguía acorralando el de ella contra una puerta cerrada de la que no podría escapar. Alargó la mano y pasó el pestillo que yacía al lado de la oreja derecha de ella. No sonrió, solo susurró a sus labios. - Dime que quieres yacer conmigo y te haré mujer aquí mismo - Sus palabras fluyeron por el aire, por el ambiente desierto de una sala oscura con un sofá y una barra de bar.

Si éste fuera mi último día, querría pasarlo contigo, Eithne.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Vie Abr 23, 2010 11:00 pm

A Eithne no se le pasa desapercibido como, al haber juntado sus peligrosas caderas contra las de Jeremmy, ha provocado que algo en él comience a despertar. Irónico, porque dentro de ella también hay algo que comienza a activarse, a excitarla, a incitarla más y más a desearle. Quizá por eso sus roces aumenten, cada vez más acusados, al compás de una música que no parece sino hacer más real y pesado todo aquello…

La seriedad que cubre el semblante del lobo logra asustarla, aunque por fuera no lo muestre. ¿Tanto le han cabreado sus palabras? Por supuesto, a veces se olvida de que ella no tiene la lengua para hablar precisamente. Y le teme, teme al licántropo que tiene delante, como muchas veces ha temido a otros hombres… ¿Cómo no temer al depredador que te tiene en sus manos y puede destruirte solo con juntarlas? Sí, sabe que ahora mismo ella está en manos de Jeremmy, que es su presa, suya, de él. Y, aunque le tenga miedo, a la vez, le tiene un deseo que va en aumento, por triste y reprochable que pueda resultarle aquello. Pero entonces ve algo más, ve sorpresa, ve confusión, incluso cierta desesperación. Y, por un instante, está apunto de vislumbrar, de ver más allá, de intentar encontrar algo que llega a creer que hay aunque ignore lo que es… Por un momento…

…Hasta que él habla y ese pequeño cambio que comenzaba a permitir aflorar, desaparece y se esfuma. Porque, sin poderlo evitar, recuerda… Rusia. Qué importa la ciudad. Una mansión en apariencia normal. Niños, especialmente niñas. Pero ninguna risa, solo llantos y dolor. Ella, y una cama en una habitación. Y hombres, enfermos y sin escrúpulos que decían ir a enseñarle a jugar, para después llevar a cabo un acto del que ella no conocía ni el nombre. Muchos años pasando y de nuevo, Rusia. Un prostíbulo de supuesa élite. Otra habitación y otra cama. Más hombres, incluso mujeres, pero sobretodo hombres. Dolor. Cadenas. Morbo ajeno, prevaleciendo ante cualquier sentimiento o compasión. Sumisión forzada. Un número grabado a fuego en su nuca. Y un nombre, un falso nombre… Aphrodite.

Y él acaba de llamarla de esa forma, por segunda vez desde que se conocen, solo que esta vez en una situación que no puede evitar relacionar en su mente fragmentada. Se lo ha llamado y, mientras tanto, sonreía, con las chispas de sus ojos dorados traspasando los suyos y quemándola por dentro. Y en aquel momento, sabe dos cosas: que realmente le odia, pues él acaba de constatar que así sea y… Que se odia a si misma porque ni aún así puede evitar caer presa de su maldito hechizo, un hechizo que la envuelve y atrae hacia él, haciendo que se entregue a su influjo lunar.

Aphrodite… Casi escucha el crack cuando el golpea contra sus defensas, amenazando con dejarla desnuda, indefensa, y, sobretodo, destrozada. Pero ella también tiene orgullo, que no autoestima, y no va a dejar que él se regocige, como ella cree que haría si se lo “permitiese”, en su dolor, en haberla humillado. Y por eso, aunque las lágrimas acudan a sus ojos, las retiene, las empuja hacia lo más hondo de su ser, y no llora, solo mantiene la misma mirada de siempre, fría aunque, en aquel instante, con el reflejo del calor ardiente que recorre su cuerpo.

Un último golpe de caderas, una canción que llega a su fin, y una mano que se aferra a su muñeca arrastrándola por el local. Y se deja, aguantando los tirones aunque duelan, más por dentro que por fuera, sin rechistar. Ya no queda apenas osadía, sino de nuevo esa docilidad forjada con los años, con la que le sigue sin hacer ademán de evitarlo, con su falda moviéndose en sus caderas al compas de esos pasos forzados. La sorpresa se refleja en su rostro cuando aquel gorila les deja entrar sin más, pero de nuevo no dice nada, ni si quiera se queja cuando la finta contra la pared. Únicamente alza el rostro y mira de soslayo su muñeca atrapada, antes de fijar de nuevo sus ojos en él, en esa sala en la estos parecen jodidamente perfectos al ser capaces de brillar pese a la casi oscuridad.

Y, de repente, la suelta… Pero claro, ¿para qué seguir sujetándole las alas a la mariposa si ahora mismo está metida en una red de la que no puede escapar? De reojo observa un pestillo que no va a molestarse en evitar que cierre, sintiendo a su espalda la fría puerta que tampoco va a intentar abrir. Y vuelve a mirarle, en lo que abre y cierra la mano liberada para calmar el dolor…


-- Entreabre los labios, como si realmente fuese a decirlo, pero no llega a emitir sonido alguno…. Cierra los ojos unos segundos, concentrándose en conseguir algo, y se centra, esforzándose en ello: “Adiós, Eithne. Hola, Aphrodite…” Listo. Abre los ojos, volviendo a mirarle, y sabe que ahora sí; ahora no llorará, ahora… ahora solo se dejará llevar, como siempre la han llevado.

-Quiero yacer contigo…

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Jeremmy Silverfang
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Vie Abr 23, 2010 11:56 pm

Ella entreabrió los labios mientras un monótono silencio cubría la estancia. Los brazos de Jeremmy iban por separado. El derecho seguía inerte, colgando a un lado del cuerpo, mientras que el izquierdo no había osado separarse del pestillo, permaneciendo en ángulo de noventa grados con el resto del cuerpo. De entre esos perfectos labios difuminadamente rojizos no salió palabra alguna. No afirmó. No negó. No habló. El pequeño Alfa no se impacientó, o al menos no lo reflejó, luego su instinto le decía que iba por buen camino. Los ojos de ella lo reflejaban del mismo modo que un perceptible bulto en su entrepierna reflejaba que él necesitaba una oportunidad. O dos. O tres. Las que fueran para demostrarle quién era en realidad, solo que no sabía ni él lo que era. ¿Cachorro? ¿Hombre? ¿Lobo? ¿Niño? ¿Capullo? ¿Cobarde?

Podría haber saltado con una humillante respuesta del más puro estilo Si me lo pides así no puedo resistirme, puta. Podría haber sonreído de modo burlón y mirarla con un atisbo de superioridad en el destello dorado de sus ojos mientras dejaba caer un ¿Cómo has dicho? No te oído bien. Repítelo. Pero no hizo nada de eso. Simplemente la miró a los ojos. Memorizó cada centelleó rítmico en esa arrebatadora mirada que lo tenía ciertamente fascinado, cosa que dudaba seriamente llegar a admitir algún día. Poder. Eso era lo que tenía. Poderoso. Así era como debía sentirse. Indefenso. Así era como en realidad estaba el cachorro de ojos dorados que en su día vio como el mundo estallaba ante sus inocentes ojos aniñados.

Siempre le habían leído cuentos de príncipes y princesas. De amores imposibles que acababan hallando el modo de ser felices juntos, ya fuera en vida o muerte. Todo el mundo practicaba una absurda filosofía del amor. Todo ser vivo merecía amar y ser amado al llegar la primavera. Cada macho tenía su hembra, del mismo modo que cada cuello tiene su soga. Y la soga de Jeremmy le fue colocada cuando un buen día su padre le anunció que debía partir del lado de su madre para ser un buen líder. Independientemente del hecho que se fuera para reemplazar a su primer amor verdadero por su propia sobrina, un Jeremmy bastante más jóven vio como todo era una pútrida mentida. ¿Cómo creer en el amor si sus propios padres dejaban de quererse?

Cerró los ojos con fuerza cuando la voz de ella lo sacó de su ensoñación. Sus ojos dorados no reflejaban el dolor que su interior quebraba lentamente. ¿Quién se creía él para atreverse a pensar que estaba enamorado de alguien que acababa de decirle que, efectivamente, quería yacer con él? Nadie. No se creía nadie. No era nadie. No era nada. Esa noche solo sería un hombre. No, ni eso. Solo sería un jodido reflejo de lo que un día ansió llegar a ser: un hombre con la absurda capacidad de amar. Tan odiosamente alejado de su miserable realidad, ¿verdad? Abrió los ojos de golpe y sus pupilas empequeñecieron velozmente para examinar los rastros de esos femeninos labios bailar al decir lo que él anhelaba escuchar.

Asintió una sola vez y se limitó a acercar sus manos a la cintura de ella para apoyar una a cada lado y acercárla, separándola de aquél modo de la fría pared. La excitación le impedía pensar con claridad, por lo que se limitó a cerrar la mente y concentrarse en disfrutar de uno de los mayores placeres de su insignificante existencia, los carnales. Acarició con las yemas de los dedos el borde de la falda y rompió todo contacto corporal con ella para sacarse la camiseta de golpe, agarrándola por los bordes de abajo y sacársela cruzada por la cabeza. Quedó despeinado y medio desnudo, pero mucho más cómodo. La miró fijamente y, sin borrar ese aspecto serio y autoritário, tomó las riendas de nuevo. - Quiero que vayas al sofá negro y te acomodes tumbada boquiabajo. - Siseó y se acercó a darle un suave beso en los labios.

...Aulla tus penas, lobo
a esa redonda y pálida luna,

que escuchará tu lamento sonoro
sin jamás darte respuesta alguna...

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 24, 2010 1:55 am

Nerviosismo. Miedo. Deseo. Dolor. Una mezcla demasiado rara, tan poco compatible, que parece estar aguantando, pero al menor desvío, a la mínima cantidad de más, explotará. Y está dentro de ella, con un tic tac que hace la cuenta atrás antes de que ella misma estalle, hasta que llegue a un límite que no sea capaz de soportar... Pero es un tic tac tan lento que, con suerte, no llegará en presencia de Jeremmy. Sí, él logra alterarla, ponerla nerviosa, atemorizarla, lograr que le desee, y dañarla... Un caos, una hecatombe, el sumum de lo inconcebible, concebido en el interior de una joven de mirada decidida y personalidad indecisa, de cabellos tentadores y sucumbida a la tentación. ¿Contradictorio? Tal vez, pero no imposible.

Eithne, a diferencia de Jeremmy, no conocía demasiados cuentos de príncipes y princesas. No, cualquier recuerdo de una madre o padre leyéndole historias con las que recrearse en la princesa que espera en la torre al caballero asesino de un malvado dragón, no existe en su cabeza. No conoce el amor, no lo comprende y no sabe lo que significa. Pero no cree que aquello lo sea... No, aquello es simplemente puro masoquismo, ansía ser poseída por alguien que le da lo que se merece: daño. ¿De verás lo ansía? Una parte de ella, la mayor, sí. La otra susurra como una vocecilla lejana que corra, que huya, que mate... Pero apenas se deja escuchar.

Pero eso no implicaba que no pudiera soñar... Y hoy soñaría. Hoy tomaría un papel, y ya no sería Eithne, pues a ella no la habían llamado. Sería Aphrodite, como comenzó a ser en la pubertad, cuando ya no le decían que jugase a juegos grotescos, sino que obedeciese órdenes a veces desagradables en extremo. Aphrodite, una diosa del amor, encerrada en el cuerpo de una mujer, que satisface los deseos de esas almas mortales... Já, já y já. Quizá eso funcionó al principio, cuando le exigieron un pseudónimo y ella lo escogió tras leer no recuerda que obra ajada escondida bajo las sábanas y con una linterna. Ahora no; ahora Aphrodite era para ella el sinónimo de lo mierda que era, de que lo único que valía la pena en ella era el cuerpo con el que hacía las veces de muñeca. Y, aún así, prefería creer que esa noche sería ella y no Eithne, que la segunda quedaría protegida bajo sus miles de barreras... Pobre Ilusa.

Sigue mirándole fijamente, sin dejar traspasar por esos dos luceros sin brillo que son sus ojos alguno de esos pensamientos. No dice nada cuando el la aparta de la fría puerta para bordear su falda, tampoco cuando se quita la camiseta, limitándose a observar su medio desnudez unos segundos antes de mirarle de nuevo a los ojos, encontrándose de nuevo con ese rostro serio que derrocha autoridad. Y esta vez ella no va a contradecir y a llevarse por la osadía, no... Esta vez será dócil, como le enseñaron a ser.

Y por eso asiente a la orden, algo contrariada cuando recibe un beso en sus labios que contrasta demasiado con la forma que tiene él de hablarla, pero ante lo cual no se para a pensar. Sencillamente obedece, caminando en silencio hasta el lugar indicado y tendiéndose bocabajo. Se mantiene inmóvil, salvo por el movimiento de su espalda descendiendo y ascendiendo ante su respiración acelerada. El tatuaje negro de un árbol tribal es visible a medias entre los mechones rojizos, pero la cicatriz numérica de su nuca, esa imborrable marca grabada a sangre y fuego, permanece aún oculta en su nuca, bajo el nacimiento del cabello.

Interiormente al menos agradece que le haya pedido estar en esa posición porque, durante el tiempo que permanezca con el niveo rostro enterrado en el sofá, no tendrá la necesidad de ocultar en sus ojos esa contradictoria mezcla de sensaciones que ahora remueve su interior...

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Jeremmy Silverfang
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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 24, 2010 11:40 am

Jeremmy contempló fijamente esos redondos ojos azules y pudo matizar que algo en ellos había cambiado. No veía por ningún lado a esa mujer que le plantó cara al inicio de la velada. No veía por ningún lado a esa mujer que logró enredarlo en sus venenosas redes sin pretenderlo. No veía a esa mujer que lo hechizó y lo hizo desear hacerse mayor de golpe para poder ser un hombre por el que pudiera valer la pena arriesgarse a amar. Solo veía sumisión. Y sí, eso le dolió en lo más hondo del alma. No lo demostró y ella se alejó andando sobre sus altas botas de tacón para dispersar la oscuridad con el brillo de su esencia. Sintió como esa estancia iba ganando anchura a medida que el imperfectamente perfecto cuerpo de Eithne se retiraba hacia los confines de la sala mal iluminada. ¿Hacía más frío lejos de su piel o eran imaginaciones suyas?

Tal vez fuera eso, o fuera el hecho de que su torso estaba desnudo entre tanta relativa oscuridad. El pecho de Jeremmy era ancho y de músculos marcados. Más de una cicatriz lo cruzaba e innumerables arañazos y marcas de mordiscos dibujaban su espalda. Demasiados errores cometidos en una sola vida, probablemente. Demasiadas provocaciones al destino y a los dioses. Demasiadas afrentas a la sociedad. Demasiados reproches al mundo. ¿Qué había ganado él a todo eso? El amor indudable de una madre que, en aquél entonces, no sabía apreciar. Una manada a la que pertenecer siendo eternamente una pieza de un rey que solo puede moverse como un peón en el tablero de ajedrez de la vida. Unos pocos aliados. Unos muchos enemigos. Muchas mujeres. Pocos compromisos. Todo eso reflejaba un torso desnudo, acompañado por una resignada mirada disfrazada de impenetrable y serenamente seria.

El tiempo desaparecía ante sus ojos y la vida se consumía como un cancerígeno cigarrillo a sus labios. Mientras, Eithne lo esperaba tumbada en el sofá, boquiabajo, sin mirarlo, sin hablarle. La resiguió con la mirada y se atrapó el labio inferior con fuerza. Una afirmación y una pregunta lo apabullaron.

Es realmente la mujer más hermosa que has visto nunca, Jers.
Pero… ¿qué coño estás haciendo tratando de hacerle entender cómo te sientes si ni tú mismo logras hacerte cargo de dichos sentimientos confusos y entremezclados con ira, desprecio y una baja autoestima?
Sin obtener una respuesta carente de ambigüedades, dejó caer la camiseta negra a un suelo en el que se confundió con el mismo. En sí, toda la habitación era de ese mismo color muerte; paredes, techo, suelo. Ni una maldita ventana. Solo una luna llena pintada en el centro del techo. Redonda, altiva, expectante y maternal como pocas. La única testigo de lo que ocurriría a continuación. La centinela de la noche por excelencia, la guardiana de dicho secreto.

Con pasos silenciosos, Jeremmy se fue acercando poco a poco al sofá, sin separar ni por un momento sus ojos ambarinos de esa espalda de anudado corsé y cabello color fuego cayendo en cascada. Llegó al lado del sofá en lo que le pareció una eternidad. Esa sala nunca se le había hecho tan larga, aunque probablemente fuera porque nunca la cruzó solo. Normalmente las mozas se colgaban de su cuello y tironeaban de su cuerpo hasta el sofá, con lascivia descontrolada, empapadas en excitación. Pero esta vez iba a ser diferente. Eithne lo era y merecía ese reconocimiento por su parte. Reflexionado eso y llegado a esa conclusión, apoyó la rodilla a un lado del sofá y se impulsó para poder apoyar la otra al otro lado del cuerpo de ella, a la altura de sus muslos desnudos ante una semialzada falda.

Yo te amaré. - Yo te haré esclava de mis pasiones. - Una pausa silenciosa llenó el vacío de su pecho. Yo te liberaré de tu carga. - Yo te demostraré cuan hombre puedo llegar a ser. - Las palabras salían despedidas de sus labios, distanciándose de unos casi mudos pensamientos que no parecían tener cabida esa noche. Todo eso lo susurraba a su nuca, inclinándose sobre ella hasta que su cadera se apegó a uno de sus muslos y uno de sus codos se hundía en el sofá de cuero negro para equilibrarlo. La mano libre acarició muy lentamente su silueta, empezando por la zona trasera de las rodillas, subiendo por sus muslos muy superficialmente, pasó de largo acariciando sus firmes nalgas como ave que sobrevuela el mar, cruzó su espalda cual caballo que trota por verdes praderas y llegó a su pelo oscilando entre la dulzura y el desespero.

Enredó sus largos dedos en esos cabellos color pasión y rozó con las yemas de los dedos el cuero cabelludo contiguo a la nuca, acariciándoselo de modo relajante. Ésta y todas las noches me tumbaré junto a ti. - Ésta y todas las noches… en sueños te perseguiré. - Finalizó hablándole al oído en susurros serios, bajando de nuevo la mano a la piel de sus desnudos hombros para posar un simple beso en ellos. No separó sus varoniles labios de esa pálida piel. Cerró los ojos y sus pestañas la acariciaron, en una impermisible muestra de aprecio.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 24, 2010 4:52 pm

Nunca un sofá se le había hecho lugar de reposo tan incómodo, nunca el espacio le había parecido infinito, nunca los minutos se le habían hecho tan tortuosamente lentos; pero, sobretodo, nunca, jamás, se le había hecho tan afixiante la oscuridad. Esos cuatro pensamientos son como el golpetear del latigo de la evidencia en su mente, despedazándola más de lo que ya está, en piezas que no logran encontrar la forma de unificarse y darle sentido a nada.

Y si se le hace tan incómodo, infinito y afixiante, es porque realmente, todo su cuerpo ansía que él llegue a su lado y la tome. ¿Solo su cuerpo? No, algunas partes de esa mente mil veces dividida también. Incluso algún punto perdido en uno de los hemisferios de su enterrado corazón, privado de sentir. Pero hay más partes y puntos encargados de sentir dolor, rechazo, y aversión, como si el jodido destino quisiera someterle a la tortura de hacerle gustar de algo que a la vez su naturaleza le haga detestar.

Su espalda se alza para luego descender de nuevo, cada vez más rápido, atrapada entre los lazos rojos de un corsé negro que jamás hasta ahora se le había antojado tan opresivo. Agitación, exitación, desesperación… Cuántas emciones y qué diferentes unas de otras. Cierra los ojos con fuerza, manteniendo el rostro enterrado en el sofá y cubierto por su largo cabello que, hasta mitad de la espalda, cae en ondas que se asemejan a ríos de fuego y sangre. Y espera bajo una luna que no tránsmite brillo, en silencio, emitiendo el menor sonido posible, podría decirse que incluso conteniendo esa acelerada respiración que la sacude de pies a cabeza.

Hasta que él llega, colocándose detrás de su temblorosa espalda. “Yo te haré esclava de mis pasiones”. Las primeras palabras golpean contra su nuca, traspasándola y llegando hasta el interior de su mente. Esclavizarla… ¿Cuántas veces ha oído ese termino, de los labios de miles de hombres, cada uno convirtiéndola en tal de diferentes formas? No fue eso lo que más le dolió, que también, sino el saber que en el caso de Jeremmy, realmente lo conseguiría. Sí, sin duda alguna lo lograría porque, lejos de intentar someterla mediante la violencia, parecía querer hacerla enloquecer, lograr que su cuerpo se desconcertase ante sensaciones y gestos poco acostumbrado a experimentar, y estremecerla una y otra vez… En cada ascenso de los dedos de Jeremmy por su piel, iba dejando un rastro de escalofríos, de piel puesta de gallina, de deseo.

¿Acaso realmente había algo más allá, algo implícito en esos gestos tan desconcertantes? Justo cuando se lo plantea, tiene que reprocharse por ese momento de debilidad e ingenuidad, puesto que las palabras del joven lobo hacen que desheche la idea totalmente: “Yo te demostraré cuan hombre puedo llegar a ser”. Hombría… Tampoco le resulta nuevo oír eso pero, igualmente, lo doloroso no es saber que ese es el propósito de Jeremmy haciéndola suya, sino saber que con ello consiguirá llevarla al borde del delirio. Un estremicimiento mucho más notorio la recorre cuando él pasa por su espalda, logrando que esta se arquee sutilmente, como invitándole a que no se separe de ella. Y, en su nuca, el vello se eriza y la cicatriz cercana al cuero cabelludo se resiente, provocando que vuelva a estremecerse con la misma o mayor fuerza que hace unos segundos, ante una sensación demasiado relajante como para que su cabeza logre concebirla en su totalidad.

“ Ésta y todas las noches… en sueños te perseguiré”. De nuevo la misma seriedad, presente en esa y sus anteriores palabras, que logra hacerla sentir un temor que no se permite manifestar. Y, contradictoriamente, un beso en sus hombros, junto con una caricia de pestañas. ¿Le hizo aquello volver a plantearse que había algo más? No, ya no, esa vocecita había sido enmudecida y silenciada ante lo que ella veía más evidente: las palabras que, aunque muchos crean que se las lleva el viento, en su cerebro se quedan grabadas. En lugar de eso, la triste y deprimente realidad, es que Eithne sencillamente pensó que era un truco más con el que volverla loca… Algo que sin lugar a dudas Jeremmy estaba consiguiendo.

“Qué así sea” pensó, pero no lo dijo. Y realmente, así era, salvo por un pequeño detalle… En sus noches, ella no sueña. En sus noches, suele permanecer en vela. Y el poco tiempo que se reune con Morfeo, este solo la obsequia con agónicas pesadillas. ¿Comenzaría el Alfa junior a formar parte de ellas a partir de ahora? Quizás, no lo sabía con total seguridad…

…Lo que sí sabía Eithne era una cosa: que, para bien o para mal, aquella noche no la olvidaría jamás.

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Sáb Abr 24, 2010 9:16 pm

Mataré, moriré, lucharé, perderé o ganaré. Pero yo solo...
Yo solo dejaré de ser desdichado el día que tus heridas se cierren.
Yo solo dejaré de estar maldito el día que tus cicatrices desaparezcan.

Yo solo dejaré de sufrir el día en que te des cuenta de que estoy aquí por y para ti.
Por que yo vivo un infierno tratando de elevarte en el cielo.
Su cuerpo siguió acoplado al de ella como si creyeran formar parte de un mismo todo. Su mano siguió posada en la cintura de ella mientras sus labios presionaban de forma superficial esa tersa piel pálida que recubría su huesudo omóplato. Tenía los ojos cerrados con fuerza mientras sentía su corazón latir cual músculo agónico. Y sí, dolía enormemente. Él, el que creyó no tener la absurda capacidad emocional de nada más humano que una estatua de mármol, estaba sintiendo. Y sufriendo también, pero el sufrimiento era algo a lo que su metabolismo ya estaba adaptado de forma casi total.

Sus labios se curvaron y dibujó una torcida sonrisa resentida que Eithne nunca llegaría a poder apreciar dado que estaba demasiado concentrada en dar el lujo de contemplar su perfecto rostro al sofá de cuero negro y no a él. Un par de hoyuelos hicieron acto de presencia en sus mejillas pero gozaron del periodo de vida equivalente al de un suspiro. Cero coma poco. Su rostro se ensombreció de nuevo y separó los labios de su aromatizada piel para subir su mano lentamente por su espalda cubierta por los nudos del corsé. La dejó descansar a la altura del hombro que no besó y la deslizó antebrazo abajo, a modo de tobogán. Acarició su brazo muy lentamente, hasta el codo, y volvió a subir con la misma velocidad.

Sus labios acariciaron de nuevo la piel del inicio de su espalda y el final de su nuca. Con la mano libre retiró esa cascada rojiza a un lado y se fijó en el tatuaje, en la marca. En su marca. En su condena. En su pasado, presente y futuro. Abrió los labios tras besar sus alrededores un par de veces y dejó salir una lengua áspera que humedeció de un solo lametazo bovino los números que mantenían encadenados sus pecados a ella cual fantasma lleva la típica bola de hierro. No se borró, pero esperó que doliera menos, metafóricamente hablando. - ¿Te asfíxia el corsé? - Preguntó en un siseo serio, ocultando sus ganas de ver esa espalda desnuda ante él.

La erección le dolía en los pantalones, pero no se quejó. Llevaba mucho rato ansiando ese momento, para que ahora dejara de lado su principal objetivo: hacerla sentirse mujer, a poder ser, libre. Deslizó sus húmedos labios de su nuca a uno de los laterales de su cuello, besándolo de forma lenta. No era un señor beso ventosa como muchos le habrían dado. No eran pequeños besos babosos que ansiaban poder apoderarse de ella. Eran efímeros roces del labio inferior y el superior. Pequeñas capturas de minúsculas porciones de su piel a las que besar suavemente y luego dejar para ir a atender otras.

Tu sonrisa es mi llanto, mi llanto tu sonrisa.
Mi aliento. Tú aliento. Vorágine de placer y dolor al verte sumisa.
Somos el color muerte de la noche y el color sangre del amanecer.
Mientras yo lucho por materializate, tú te empeñas en desaparecer.
Completamente diferentes, mas corpóreamente pegados.
¿Quién hoy nos puede mandar yacer separados?

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MensajeTema: Re: Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)   Lun Abr 26, 2010 12:40 am

Arrástrame, viento del camino
hasta donde no me encuentre nadie,
quiero estar perdida...

Lloraré de soledad
pero tuve que escapar,
moriré de soledad
y asi no me encontrarás…

Cada caricia es agónica y a la vez deliciosa para ella, que se estremece y deja a su piel reaccionar ante tan extraño contacto. Los latidos de su propio corazón, quejumbrosos pero desbocados, taladran su cabeza ahora que la voz de la razón ha decidido callarase, ahora que los sentimientos han sido reprimidos en su mayoría, y duele... Duele porque realmente solo cree reprimir y no sabe ni hacerlo. Duele porque siente, siente demasiado, mucho más de lo que considera que tiene permitido. Bum... Bum... Bum... Solo ese sonido en sus oídos, y ya no sabe si es solo el suyo o si también Jeremmy tiene un corazón capaz de latir. ¿Lo tiene? Claro, otra cosa es que lo use, ¿no?

Voluntad, osadía, sentido común... Todos parecen haber huído, escapado de un interior escudado por muros invisibles que se anudan en torno a lo más hondo. Parece que hasta sus barreras la hayan dejado sola y perdida, sin que ni ella misma pueda encontrarse. Y eso se refleja en detalles imperceptibles, como el hecho de que clave las uñas sobre el sofa y cierre con fuerza unos ojos que Jeremmy no puede ver. Son su forma de simbolizar que su alma se aferra a la realidad para no echar a volar libremente porque, ¿cómo va a hacerlo si sus alas le fueron cortadas? Teme demasiado una tortuosa caída, un descenso al infierno, como para permitirse dejarse llevar del todo.

Su marca queda descubierta, lo sabe. Jeremmy ha ascendido con unos labios acariciantes hasta el lugar secreto donde se lleva grabado su sino, y ahora lo rodea con sus labios. Nota el vello erizársele y es capaz de sentir como su cuerpo se despega un par de centímetros del sofá ante un estremecimiento demasiado acusado y fuerte como para que él pueda ignorarlo o ella negarlo. Y, sin poderlo controlar, un gemido escapa de entre sus labios cuando nota esa lengua repasar cada número, sintiendo esa zona resentirse y, a la vez, relajarse. Paradójico, pero cierto.

No se espera que le hable, y menos para hacerle esa pregunta que, hasta ahora, jamás había oído. Contiene la agitada respiración unos segundos, incapaz de contestar y, de hecho, durante un par de minutos da la sensación de que no tiene intención de hacerlo. Su mente parece haberse quedado nublada, siendo ella incapaz de reaccionar, mientras nota su pecho hincharse contra el sofá, ansiando ser liberado y explorado por las manos del licántropo que tiene a su espalda. Repentinamente todo es calor, cada poro de su piel parece suturarlo, cada gota de su sangre parece hervir mientras corre por sus venas palpitantes, y su cerebro es incapaz de ayudarla a ordenarse para responder... Hasta que, finalmente, tomando una bocanada de aire, logra romper su propio silencio:


-No... No es nada que no pueda soportar... -Dice, en un susurro, como si temiera ofenderle. Realmente su seriedad impone y sobrecoge a partes iguales, y no puede evitar pensar que su respuesta podría enfadarle más de lo que ya cree que está con ella. En verdad sí, le afixia; y no solo el corsé, sino la falda de cuadros rojos y negros, las botas, o incluso el tanga de encaje negro que se pega a sus muslos por la humedad y el sudor. Pero no se atreve a decirlo, a mostrar una debilidad, a manifestar una queja... Sencillamente son pensamientos automáticamente bloqueados, prohibidos.

Despacio, mientras su garganta traicionera la delata con otro gemido, Eithne ladea su rostro, dándole más acceso a Jeremmy al lado del cuello que sus labios exploran. No puede mirarle a la cara. No puede observarle. No, sus ojos azules no tienen un ángulo desde el que puedan encontrarse con esas dos orbes doradas que parecen brillar en la oscuridad... Pero aún así, las buscan de reojo, en vano y de forma constante, aunque ni ella misma sepa qué es lo que quiere ver en estos una vez los halle.

_________________


Burnt out ends of smokey days
The stale cold smell of morning
The streetlamp dies, another night is over
Another day is dawning...


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Evadiéndose en el Infierno (Jeremmy)
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