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 Y después de todo... Nada. (Emmanuel)

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Níobe Targaryen
Lobo
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Níobe Targaryen

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MensajeTema: Y después de todo... Nada. (Emmanuel)   Y después de todo... Nada. (Emmanuel) EmptyMar Abr 27, 2010 1:34 pm

Soledad... ¡Qué compañera tan leal y tan nociva a la vez! La eterna amiga de los caminantes del dolor, de los corazones rotos o vacíos, de las almas sin amor. Una serpiente soporífera que, cuando se enroscaba en torno alguien, le acompañaba siempre, afixiándole en cada despertar, envolviéndolo como un invisible manto en el que refugiarse cuando ya no queda nada. Soledad... Ese era el nombre de quien había acompañado hoy a Níobe Targaryen al cementerio: Nadie. Ninguna compañía más que esa angustiosa soledad.

Sus pies, enfundados en unas botas planas, apenas hacen ruído en cada pisada que da por el camino dividido por lápidas y cipreses. Lleva horas andando pero no se detiene, ni si quiera para tomar aire, en lo que una sus delicadas manos se ajusta la capucha de la capa negra que viste, bajo la cual se pueden intuír una falda y blusa de ese mismo color. No es que crea en tradiciones como el luto, es que sencillamente se siente mejor así dadas las circunstancias. Su otra mano sostiene un ramo de flores, oscuros claveles color borgoña… Con esos atuendos y el atrezzo de una oscuridad nocturna solo interrumpida por la tenue luz de alguna farola vieja y la luna que lucha por asomarse entre las nubes grises, su pálidez destaca por encima del tono rosado de sus pecas, dando la sensación de ser un espectro del camposanto, un alma errante que pasea entre los muertos para hacerles escapar de su tumba y acompañarla en su eterno devenir. Pero no lo es, es un cuerpo vivo, un corazón que late y siente, un alma que aún tiene mucho que aprender… Es alguien que, en resumen, sufre pero sigue luchando, aun con la batalla perdida.

Solo cuando llega ante las tumbas de los Targaryen sus pasos se detienen, alcanzado finalmente su destino. Mira a todos lados, como asegurándose de que nadie va a interrumpir esa intimidad, y entonces, solo entonces, sus dedos largos y finos se deshacen de la capucha, dejando libre un rostro que no ha abandonado del todo la redondez infantil, mientras su lacio cabello ondea con la brisa nocturna como un manto cobrizo. Sus ojos grises hoy se ven decorados con un matiz rojizo y vidrioso, ese toque que solo se obtiene tras un duradero llanto, y sus labios se mantienen temblorosos, como si aún quedasen lágrimas por derramar… Y sí, quedan, demasiadas como para hacerlo en una sola tanda.

Como una hoja a la que mece el viento, el cuerpo de Níobe cae arrodillado, justo entre dos lápidas cuyas flores forman una enredadera que las envuelve, como juntándolas aún más. Reylar Targaryen y Gina Vacariu. Dos nombres y una unión imperecedera. Dos historias entrelazadas y un sino maldito en su futura descendencia tras generaciones de Targaryen llenas de dicha. Las flores de brillo sanguino caen en la fina línea que divide ambas tumbas, casi de forma milimétricamente calculada, y dos manos blancas se apoyan una en cada fría losa. Una bocanada del aire cargado de lamentos de los fallecidos es inspirada con fuerza, y Níobe, llenando sus pulmones de memorias difuntas, permanece así, en silencio, no sabe por cuanto tiempo…

Es gradual e imperceptible, pero ese frágil cuerpo de muñeca de cristal comienza a agitarse, ganando intensidad en ese temblor que la recorre. Las uñas raspan la piedra, en un intento de crisparse sobre esta, y unos trémulos labios rosados dejan escapar el primer sollozo cuando una nueva lágrima rueda por la pecosa mejilla de la joven cachorra… Y ni lágrima ni sollozo son los primeros de su especie, porque en cuestión de segundos se suceden muchos más.

-Lo siento… Lo siento… Os estoy fallando a ambos, lo estoy haciendo fatal… -Susurra, una y otra vez, aumentando el tono de su voz hasta que casi grita, como si así pudiera atravesar las lápidas con su voz y llegar hasta ellos- Papá, yo no quería decepcionarte… Pero no he podido cumplir… -Las palabras se repiten, las lágrimas suman los centilítros y la voz se quiebra cada vez más, pero Níobe permanece largo rato así.

Impotencia, desesperación, decepción… Siente que la situación se le escapa de las manos, que la cosa se le vuelve insostenible. No ha sido capaz de lograr ser fiel a la promesa que le hizo a su padre, en la que aseguró que evitaría que su hermano se condenase cuando él no estuviera para salvarle. En aquel momento no entendió a que se refería Reylar Targaryen… Al día siguiente, cuando se entregó en mitad del claro, maldijo mucho no haberlo hecho para poder evitarlo, y se dijo a si misma que al menos cumpliría con su palabra. Algo que, sin embargo, no está consiguiendo…

No sabe si son minutos u horas, solo sabe que llegado un momento ni sus ojos ni su garganta pueden dar más de sí, y es entonces cuando pasa de arrodillarse a quedar sentada frente a sus padres, abrazando sus rodillas y enterrando en estas la cabeza, en un silencio solo interrumpido por los espasmos que la sacuden.
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Emmanuel A. Wulff
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Emmanuel A. Wulff

Mensajes : 23

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MensajeTema: Re: Y después de todo... Nada. (Emmanuel)   Y después de todo... Nada. (Emmanuel) EmptyMar Abr 27, 2010 6:40 pm

Abrió los ojos, alzando los párpados de forma cansada en un frustrado intento de despertarse cinco minutos antes de que su despertador tronara de ese modo en el que solía hacerlo cada lunes a las nueve de la noche, era lo que tenía ser un ser nocturno, basicamente. A pesar de ello llevaba prácticamente toda el día en vela, luego los fantasmas del pasado no paraban de acecharlo de un modo incansable. Un imperceptible suspiró escapó de sus labios entreabiertos mientras separaba el rostro del abrazo que la almohada le estaba dando. ¿Por qué diablos cada día por la noche tenía esa estúpida sensación de que la cabeza le pesaba más que el día anterior? No lo sabía. Tampoco le importaba demasiado. Era una mera pregunta retórica de esas que uno se cuestiona cuando no tiene nada mejor que hacer.

Del mismo modo que logró separar escasos cinco centímetros su rostro de la mullida almohada, volvió a dejar caer el rostro en ella, enterrándose en la misma, sin fuerzas o ganas de empezar una noche más, con un pronóstico poco favorable… demasiado trabajo. Miró el calendario de reojo y se dió cuenta. Antes de ir a hacer de cazador tenía que pasar por el cementerio a ver a su família, o lo que quedaba de ella. Un gruñido seco pero agónico escapó desde su garganta. Se levantó haciendo un sobresfuerzo y miró la ropa acomodada en la silla adjunta a su pequeño y familiar escritorio. Quedó sentado en la cama, con los pies descalzos apoyados de forma plana en el suelo y sus manos aferrándose con fingida inestabilidad al borde del colchón que cada noche se amoldaba a su espalda.

Suspiró de nuevo, pensando en lo que le podría esperar esa semana. Sabía que le podrían dar muerte. Era plenamente consciente de que trabajar de lo que trabajaba era la más estúpida de las locuras que en su vida le habían pasado por la cabeza, pero la vida de Tim -su únic hijo con vida- dependía de ello. Se puso en pie y anduvo con paso tranquilo hasta el ventanal, corrió la semitransparente cortina y abrió la ventana de par en par. La dulce noche ya acechaba la ciudad. Una fresca corriente invadió la escena. El viento soplaba a su alrededor y le susurraba al oído que no lo hiciera, que no valía la pena arriesgarlo todo por un motivo simple; mejorar el mundo y liberarlo de los demonios.

Menuda estupidez, podréis pensar. Ese no era su cometido -tal vez-, ese no era su sueño, ese no era su destino, pero la simple meta que se hallaba en lo más alto de la torre de la vida -metafóricamente hablando- que se alzaba delante de él, día tras día, tenía un algo que había logrado echar raíces en su frío y marmóreo corazón. Sí, esa aburrida noche de lunes era una nueva oportunidad. Una nueva oportunidad de cambiar el mundo. Y sí, sonrió pesadamente mirando por la ventana, quedando ahí plantado con un simple pantalón corto y una expresión soñolienta pero esperanzada. ¿Y ahora qué? Ahora necesitaba un jodido cigarrillo que le diera el impulso necesario para lanzarse a su diario suicidio enmascarado por una capa de valentía e utópicos pensamientos.

Una hora y media después...

Sus pasos se detuvieron frente al gran portón metálico del cementerio. Suspiró y se toqueteó esa barba en un intento de motivarse a sí mismo para echarle valor al asunto y seguir como si nada. ¿Pero como seguir si le faltaba tres cuartos de si mismo que los licántropos le habían arrebatado de un solo zarpazo? Katherin. Lilian. Emil. Cerró los ojos con fuerza y avanzó perfectamente trajeado por los sombríos callejones del cementerio hasta llegar a una humilde tumba que no podría costar excesivo dinero. La miró con un par de grandes ojos plateados y cansados, como dos sabias lunas llenas. Carraspeó como si así despertara a los que tras la fría piedra yacían durmiendo eternamente. - Hola cariño, hola monstruitos... - Susurró con voz varonil de cuarentañero.

No se percató o no quiso percatarse de que no se hallaba solo. Siguió mirando esa única losa cuyas letras ya yacían medio enterradas entre plantas trepaderas. Las arrancó tras acuclillarse y suspiró resiguiendo con las yemas de los dedos esas letras que tantas veces había garabateado en sueños. Su mujer y dos de sus tres hijos. Hizo un sobrehumano esfuerzo para arrancar una sonrisa lo suficientemente convincente como para calmar a los difuntos que probablemente ni podrían verle estuvieran donde estuvieran. Se mordió el labio y, finalmente, volteó la cabeza para ver a una chica sollozar echa un ovillo. No osó acercarse todavía. Solo la miró y susurró un - Un millón de palabras no pueden hacer que vuelvan. Lo sé, porque lo he intentado. Tampoco un millón de lagrimas. Lo sé porque he llorado hasta no poder más. -
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Níobe Targaryen
Lobo
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Níobe Targaryen

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MensajeTema: Re: Y después de todo... Nada. (Emmanuel)   Y después de todo... Nada. (Emmanuel) EmptyMiér Abr 28, 2010 2:25 am

Poco a poco su cuerpo parece ir calmándose, siendo abandonado por esos espasmos que lo sacudían. Sin embargo, su postura no varía, y permanece aovillada frente a las lápidas, con la vista fija en las inscripciones de ambas. Se quedaría así toda una vida si pudiese, con tal de lograr que en algún momento, le respondiesen, o incluso con tal de que su mente fuese capaz de aceptar un mínimo nivel de cordura y acogerlo en su interior para hacerla creer que le han respondido. No pondría demasiado esfuerzo en negar una alucinación así, probablemente la aceptaría como una verdad los segundos suficientes para vovler a sentir un mínimo calor... Solo eso, una respuesta, algo que le ayude a cumplir las promesas que está fallado por culpa de la impotencia que la asedia día a día.

Pero nunca, hasta ahora, le han contestado. Y tampoco su cabeza ha aceptado desatar un par de los hilos con los que se ata a la cordura. En lugar de eso, siempre que acude a ese lugar, se encuentra con un silencio jamás interrumpido, y el único consuelo del tacto de la fría losa bajo sus manos. No estaba tan mal, después de todo, porque al menos ahí no tenía porque fingir que todo iba bien como le tocaba hacer con Cédric. Sabía que si él la veía así, se hundiría, sabía también que su hermano tenía que seguir consolándose en que la cuidaba y protegía, aunque en muchas ocasiones fuese al revés pese a que él no lo viera… Y por eso tenía que mostrarse fuerte, por él, por los dos. ¿Qué mejor lugar para coger fuerzas que aquel en el que podía recordar las promesas de que así lo haría?

Níobe no varía en su postura, apenas pestañea, tan solo permanece con la mirada ya perdida, como si hubiera atravesado la piedra y ahora viera a sus padres bajo esta, pero intactos, sonrientes, como ella se esforzaba en recordarlos. Y, sin embargo, habían pasado ya tantos años, que a veces temía no guardarles con la suficiente exactitud en su memoria. Solo viniendo aquí podía asegurarse de que eso no fuese así, puesto que las fotos no bastaban, con las fotos no se podía recordar la voz, las lágrimas, el sonido de la risa, o los gestos de las manos de alguien… Pequeños detalles que su mente le iba recordando siempre que acudía a ese lugar.

No se da cuenta de que está acompañada hasta que no escucha una voz masculina cerca de ella. Es entonces cuando despacio, ladea su rostro salpicado por unas pecas que no pueden verse a la luz de la luna, y fija sus grandes ojos grises y humedecidos en los azules del hombre. Es humano, pero a ella eso no le importa, lo que le llega dentro son sus palabras. Lanzadas cuales flechas de la evidencia que dan en una diana bastante visible dado que, en momentos como este, Níobe es un libro abierto.

-No busco que vuelvan… -Responde en un susurro, con la voz quebrada por el anterior llanto- …Busco que, donde quiera que estén, me escuchen. Busco que sepan que no les he olvidado y que intento cumplir las promesas que hice antes de que se fuesen. Y busco también recordar los detalles que fotos y objetos no conservan. -En realidad sí, le gustaría que volviesen, pero hace mucho que asumió que eso jamás sucedería. Ahora tan solo le quedaba el tener un lugar donde visitarles, un sitio donde avivar el fuego del pasasdo que, aunque dolía al quemar, dejaba las cenizas de los recuerdos que podían ser guardadas- Pero sobretodo… Busco que me perdonen -Concluye, sin haber roto en ningún momento el contacto visual.

No dice nada más, tampoco fórmula preguntas, no le hace falta saber como se llama, y es evidente lo que hace allí. Ni si quiera se plantea la posibilidad de que él sea peligroso. Se conforma con lo que ya sabe: que comparten un sufrimiento similar, aunque las circunstancias en las que este fue provocado puedan ser más o menos distintas… Y la mente de Níobe es tan abierta como para ceer que, debido a ese sufrimiento compartido, han forjado ya un vínculo que el resto de circunstancias que puedan rodearles será incapaz de romper:

-La muerte es el puerto de todos los dolores… -Dice en voz alta, continuando con ese último pensamiento suyo- ...Creo que eso nos convierte en marineros del mismo barco. -Los lazos que ella está segura que ambos han estrechado son los del dolor y, cuando lazos de este tipo se anudan, duda ella que puedan desatarse...
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